Con el corazón empañado

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Yaya Hernández

Por la noche comenzó la redada, todos los vecinos esperábamos con ansia que sucediera, pero nos quedó muy pequeña. Unos lamparazos aquí, unos vidrios rotos por allá y días después lo de siempre, los drogadictos paseándose por la calle y metiéndose a la casa recién revisada.

No sé si es el otoño, pero la desesperanza se ha posado en mi alma. Sobre todo cuando veo la casa de al lado. Creo que en ese espacio confluyen todas las problemáticas de la pobreza, embarazo adolescente, adicciones, violencia doméstica, infantil, animal. Y creo que esta última es la que más me ha impactado. Un perrito en los huesos, ladrando a la nada para que lo ayuden a desatarse del hambre y el frío. La indiferencia impera, principalmente por miedo, nadie quiere meterse con esa gente, nadie quiere tener algo que ver, ni siquiera dirigir la palabra a la mujer que acaba de abandonar a sus hijos y se fue con otro hombre, que seguramente también la embarazará.

Ella se me figura como una perra de la calle, perseguida por la jauría porque está en celo y luego cuando está esperando, es abandonada a su suerte. Por más que intento, no logro tener ningún tipo de empatía con ella, ninguna. La miro rodear con sus brazos mal tatuados al nuevo hombre que es una mescolanza de niño y hombre de barrio.

Pero insisto, la desesperanza se posa por mi patio. Pienso, aunque nos quejemos ellos seguirán ahí, inundando de hedor a marihuana el ambiente y de música de narcos y reguetón.

A veces uno no quisiera perder el ánimo, pero simplemente llegar a casa no me apetece. Están los vecinos esperando afuera, con su indumentaria de drogadictos, con sus modos de pepenadores de vida. Y yo no puedo desatar a ese perrito, ni consolar a ese niño que ha llorado por horas, ni puedo abrazar a esa mujer que ha sido golpeada por enésima vez, porque cuando volteó ya está saltando alrededor de su depredador. Siento que cualquier remedio para esa casa llega tarde. No sé si algún día el DIF llegue por los niños y los saque de la inmundicia. O si la policía por fin va a encontrar que ahí venden droga y que quizá pasen cosas peores, como parecen demostrarlo los gritos y sombrerazos que siempre escuchamos de todos lados.

Y ahí estoy yo, llegando a casa, tapándome el corazón para ya no pensar, que no hago nada, que no ayudo a nadie y que ese perrito sigue colgado del barandal, esperando ayuda, igual que ese pequeño lleno lombrices y golpes.

La mentada humanidad no lo es tanto. Y cuando se trata de salvar la vida y conservar la tranquilidad todos hacemos caso omiso. Incluso las instituciones que deben estar plagadas de tremendas denuncias no terminan de apoyar a nadie, ni de cantar victoria en alguna causa social.

¿Qué se puede hacer? Como dice el poeta: sólo mirar y mirar. Y hoy como los últimos días, lo último que deseo es mirar hacia esa casa, esa mujer, ese niño, ese perrito, pero ahí están; recordándome que cuando falta todo, sobra violencia.

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