Cuando cuidarse es emprender retirada

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Lucie Charcosset

Pensamos en cuidarnos y pensamos en ser proactivas, en hacer algo más… Pero, ¿esto es así? ¿Para cuidarse siempre hay que “hacer”? Tal vez también haya que aprender a “no hacer”… Irene nos lo explica.

Todos sabemos que cuidarse es fundamental para nuestro bienestar. Nos puede costar más o menos, podemos tener más o menos práctica… Sea como sea, el autocuidado es algo que tenemos claro que tenemos que hacer. Aunque a veces lo sepamos más teóricamente que en la práctica.

Podemos encontrar consejos de autocuidado online, podemos incluso emprender el camino y decir “voy a hacer esto por mí”. Pero… ¿el autocuidado es sólo un sumar cosas a hacer? ¿Qué pasa cuando nos encontramos con que no es tanto una cuestión de sumar actividades si no de restar? ¿Y si el autocuidado pasa por “soltar” y no por introducir nuevos quehaceres autoamorosos? Ay, ahí nos encontramos con la madre del cordero. Porque si ya nos resulta complicado el emprender el camino del autorespeto y el autocuidado, si éste depende de un restar actividades y no de un sumar, los cuatro jinetes del apocalipsis mental nos amenazan.

Hiperresponsabilidad como forma de vida

Los que me conocéis seguro que no es la primera vez que me leéis algo parecido a esto: la exigencia nos consume. Y no me refiero a las exigencias de fuera, sino a las exigencias de dentro. Vivimos en una sociedad en la que parece que hacer, hacer y hacer es la clave del éxito y la felicidad. Nos han metido en la cabeza que cuanto más hagas, más feliz vas a ser. La productividad como meta hacia la bienestar y el placer vital. Siempre con la checklist en la mano. Tenemos el ideal de que la persona estresada es la persona exitosa; aquella que tiene un trabajo, una familia, es militante, artista y va a clases de yoga nos parece una persona digna de admiración. Si una persona nos dice que va del trabajo a casa nos parece algo pringada, una looser sin más aspiración vital. Pero como todo en esta vida se nos escapan los grises que hay en medio de estos dos tipo de vida y solemos decantarnos y preferir el “estresado”. Pero, ¿sabes qué? No por hacer más vas a ser más feliz ni más completa. La vida no es una carrera a ver quién hace más cosas. No te van a dar un diploma al final de tu camino vital. De hecho el hacer más no necesariamente tiene por qué acercarte más a ti, sino que puede hacer perfectamente todo lo contrario. Siguiendo la sabiduría popular se puede aplicar esta máxima: quien mucho abarca poco aprieta. Reformulándolo: si abarcas muchas cosas, poco vas a profundizar en ti.

No eres lo que haces

No. No lo eres. Tenemos metida esa idea en la cabeza, también. La lógica sería algo así como si tuviéramos que desplegar todas las habilidades que tenemos en algo práctico para creernos todo aquello que somos o creemos ser. Como si cada compartimento nuestro tuviera que tener una actividad específica. Creemos que nos realizaremos mediante la acción porque así nos encontraremos, nos veremos en lo que hacemos. Y la verdad es que esto no es del todo así.

Tú no eres lo que haces. Ni lo que sientes. Ni lo que piensas. Eres todo esto y más allá. Eres todo el conjunto, que es mucho más que la suma de estas partes. Si sólo atiendes a lo que haces porque crees que eres eso, que esa es tu esencia, estás dejando de lado todo lo demás, y sobre todo, estás dejando de lado lo que hay en el centro: a ti. Además de que no dejas que surjan otras partes de ti que solamente florecerán desde la más pura quietud. No lo olvides: el movimiento también te puede alejar de ti. La acción es una maravillosa forma de no conectar con lo que tienes dentro; si no paras de hacer, ¿cómo vas a pensar en ti? ¿Cómo vas a sentir lo que te sucede dentro? ¿Cómo vas a tener un hueco para escucharte?

Si quieres piénsalo de otra forma: la gente a la que quieres, ¿la quieres por lo que hacen? Me atrevería a decir que no o, al menos, no sólo por eso. Si esto lo aplicas a les demás, ¿por qué no te aplicas lo mismo? ¿Qué tratas de demostrar haciendo TANTO?

Para. Stop. Respira

Dicho esto, reconceptualicemos lo que implica el autocuidado: no se trata sólo de “hacer” sino también de aprender cuándo hay que “dejar de hacer”. Cuándo hay que soltar. A veces la conciliación de todo lo que queremos hacer no es algo posible ni tan siquiera deseable. A veces no nos queda otra que soltar. Y soltar todo aquello que podemos es darnos un espacio a nosotras mismas para poder cuidarnos. Lo que es imprescindible, sin duda, para sanar en los peores momentos.

Porque, poniendo un ejemplo, piensa que te haces una herida en el pie. Claro, quieres curarte. Pero no paras de andar. Y te desinfectas cada día, te cambias la venda, pero sigues andando. Difícilmente eso cure o cure de la debida forma. Tu pie te pide parar. Ponerse en alto y dejar a la herida respirar. Cuando estamos heridas el cuerpo nos pide lo mismo. Porque continuar haciendo cuando estamos heridas es huir del dolor propio, es mirar hacia otro lugar, lo que está realmente lejos de una buena sanación de nuestras heridas.

Obviamente, no es fácil. Queremos cumplir con todo. Queremos seguir haciendo lo que hacemos y sumar más tareas. Queremos meternos en más proyectos. Pero, piénsalo, ¿a costa de qué quieres hacer todo esto? Tu salud, tu centrarte en ti, tu mirar hacia dentro, ¿es algo que quieras sacrificar por seguir haciendo o hacer algo más?

Lo sé. La culpa. “Tengo que seguir”. “No puedo dejar esto”. Pero piensa lo anterior: no eres lo que haces. Eres mucho más. Y lo que hagas, lo harás mejor en otro momento de tu vida si paras a mirarte. A escucharte. A sanarte. A cuidarte. A darte el margen que necesitas quitando todo aquello que puedas. No hace falta que lo hagas todo a la vez. Haz lo imprescindible. Cada cosa tiene su momento. Y lo primero, siempre, eres tú.

Por eso mismo: escúchate. Busca espacios para ti. Para y respira.

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