Editorial

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Los oaxaqueños y chiapanecos la están pasando mal, a ellos les tocó la peor parte, la natural y la humana. La primera no tiene remedio, llega de sorpresa, tiene un humor bastante negro. La otra es cruel, saca sus sucios colmillos de hambre, de corrupción, de ganas de fregar al otro, porque se puede, porque “si usted estuviera ahí, también lo haría”.

Con estos sucesos uno se desencanta y se maravilla. Te decepciona ver que tanta gente está dispuesta siempre a lucrar con la pena de otra persona, que no le importa si tiene que parecer “humilde” lo hace porque el escenario es propicio para verse bonita y buena, aunque ande despeinada. Al mismo tiempo está la gente que reúne víveres, que se anota para cantar y ayudar a los que ahora necesitan una mano y piden a gritos, agua, comida, lo necesario para sobrevivir, para estar tranquilos.

Es entonces cuando la tranquilidad cobra relevancia de una manera extraordinaria, el poder sentarte a tu mesa, dormirte en tu cama, ir a la escuela, las rutinas que parecen pesadas, son gloria cuando algo las rompe, algo como el agua, como un temblor, como el viento.

La ausencia del mar, tal vez no signifique un Apocalipsis, tal vez, el mar se repliega porque como muchos no sabe que hacer ante el desencanto de tanta mala gente.

Por eso, la cuerda que siempre nos salva es la solidaridad, las manos unidas de todos, los líderes natos que piensan en lo que se tiene que hacer y no en lo que ya no tiene caso llorar, porque saben, como una certeza que los gobiernos prometen, que muy probablemente no cumplan, que a cada paso que dan, que cada mano que aprietan es sólo una fotografía que será utilizada para promover una humanidad que hace mucho desapareció.

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