La explotación amorosa

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Argentina Casanova

Nadie sabe cómo es posible. Pero no basta darnos cuenta de que quien amamos causa dolor, sufrimiento, humillación, tristeza, que nos violenta con sus palabras, actos o demandas. Y no, no es que la persona que ama “sea tonta” o no se dé cuenta, es más bien porque se conduce bajo esa conducta aprendida de amar y dar lo mejor de sí, despojándose del egoísmo y la desconfianza que no siempre es correspondida con honesta probidad.

Ya he escrito en otras ocasiones que “el amor” de madre, de hermana, de hija en ambos sentidos, entre darlo y recibirlo nos lleva a un nivel cercano a la divinidad. Recuerdo a mi sobrino de 5 años diciéndole a su madre, mientras se prueba un vestido de noche en medio de la jornada de la casa, sin peinado y sin maquillaje, con ojos sinceros y amorosos: Mami te ves hermosa.

A los ojos de quien ama, la otra, el otro, sencillamente es extraordinario entre lo extraordinario, y es que eso precisamente es el amor. Engrandece de alguna forma, nos hace ser mejores, es cierto, si podemos serlo, en cambio si lo que hay en el corazón de quien es amado o amada es nada, incapaz será de saber qué hacer con la ternura.

El corazón de quien ama es frágil en manos de quien no sabe amar, de quien sólo se ama a sí mismo o en su incapacidad afectiva confunde el amor con el abuso, con la violencia, y finalmente hace uso del amor como un “capital”, que entiende, puede explotar para su beneficio. No es menester ser hombre o mujer para ese desempeño, pero dadas las condiciones sociales, son las mujeres las que suelen ubicarse en el extremo de ser dadoras del amor.

Pienso en “El apando”, la mujer transita en un pasillo que la lleva a su perdición, al extravío, a cometer la falta por el hijo. Está consciente, se da cuenta, pero aún así continúa.

En este sistema social en el que todo se trata de “subyugar”, controlar, dominar, en el que hemos sido educados y educadas para ser “el mejor”, el que gobierna a los demás, el que controla, la que es más fuerte, la que se impone vertical y descendentemente, la que gana siempre al final si no por la razón por la imposición del grito o la violencia.

¿Cuántas veces no nos hemos sorprendido siendo feministas recurriendo a las formas violentas para dominar y subyugar, o incluso incurriendo en el otro extremo de aparente dócil posición de ser la que menos condiciones de igualdad tiene para gritar, yo no tengo privilegios escúchenme, yo tengo la razón, solo con fines de dominar con nuestras opiniones a las otras?

Se explota el amor, se explota a quienes aman cuando se recurre a ese elemento para obtener el apoyo y se abusa si la otra persona está dispuesta a darnos de sí misma. No sólo es la madre que se priva del alimento para darle a sus hijos lo mejor que puede encontrar. No sólo es la imagen que nos venden, del padre sin zapatos para darle a los hijos unos nuevos. La explotación amorosa puede recaer en las manos de quien usufructa el amor como un bien para obtener y en su provecho, incluso generando condiciones de riesgo y sufrimiento para quien lo da (el amor), llevándolo o llevándola a tomar decisiones y realizar actos que representan una amenaza para su propia integridad.

A manera de epígrafe, los versos de Ángel González me recuerdan un poco el tradicional cuento de la “Zorra y su zorrito”, ese cuento que disfrutaba tanto que mi abuela me contara una y otra vez y que hablaba acerca de las virtudes que sólo la madre podía ver en su hijo aún cuando no las tuviera precisamente visibles para los demás.

Y pienso en las madres y padres, que se encuentran en la prisión por haber cometido faltas por sus hijos, pienso en las mujeres que fueron víctimas de trata y abuso emocional, en las que libres pero con el espíritu quebrado, fueron víctimas de la violencia de pareja de la que aunque conscientes, demoraron bastante en salir de esas situaciones.

¿Por qué razón? Por el abuso emocional, que es esa explotación amorosa que una persona que se sabe amada puede realizar y que puede traducirse en actos de violencia física contra quien ama, y por tanto, la otra persona aunque se dé cuenta no puede salir en lo inmediato porque nadie espera ser abusado por quien ama.

La delgada línea está en la consciencia de que quien es amado se dé cuenta cuando ha sido violento en un acto o con la palabra, bajo el enojo o el dolor, bajo cualquier situación y se retracta y decide que el amor no es bajo ninguna circunstancia maltrato o abuso de quien otorga su amor y su confianza, que es más noble tener el corazón de esa persona que le ama y cuidarlo con esmero.

El miedo contemporáneo al amor radica justamente en que se sabe que quien ama se vulnera a sí mismo, se ubica en una aparente posición de desventaja, se humaniza y eso lo hace frágil. De ahí que hoy día tengamos una sociedad de solitarios que deciden no amar, no confesarlo incluso cuando aman, ocultarlo, ser el último en decir “te amo”.

Porque amar al final de cuentas nos han enseñado que es subyugarse, no es precisamente ese estado de superior goce y disfrute de la vida que sí es y que otorga infinitas posibilidades de explorar la existencia desde otra condición, al final de cuentas es estando enamorado o enamorada cuando se mira todo con los colores más acentuados, se experimenta todo con mayor intensidad.

Concluyo con la letra de la canción de Silvina Moreno: “cuídame, como un mortal me enamoré me dejaré al  fin atrapar en los brazos de un gigante, cuídame fui invocando en el canto que te siente”.

* Integrante de la Red Nacional de Periodistas y Fundadora del Observatorio de Violencia Social y de Género en Campeche

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