Madre sólo una

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Mi madre conmigo, quién contra mi.

La mía, sólo una. Se levanta a las cuatro de la mañana por el puro gusto de caminar en el patio, tomar agua caliente y preparar su avena. La conocí hace cuarenta años y desde entonces lo único que quiero hacer es parecerme a ella. El otro día la miraba dormir, pensé que muy pocas veces la veo descansar. Siempre está en todos lados y en ninguna parte. La bromeo con que cuando venga la muerte no va a saber donde se encuentra. Cuando pienso en ello, mi corazón se entristece y de inmediato la retengo en mi memoria de otras formas. Haciendo cuentas, yendo por mis sobrinos, metiendo una demanda, pelando por la justicia, manejando para ver a sus amigas, mis tías postizas que no se han perdido con los años. De su sabiduría no queda duda.

Ella siempre tiene la palabra perfecta, el abrazo perfecto para cualquier eventualidad sea feliz o dramática. Hoy que la vi y le di una buena noticia (¡qué falta hacía!) me tomó de la mano y me la apretó, me dijo, ¡lo sabía! Pensé, de verdad lo hice, yo no. ¿De dónde sale toda su confianza por mí? Cada día me doy por vencida y cada día me levanto para darme ánimos, porque estos días se han convertido en una constante, qué estoy haciendo, lo hago bien, soy buena madre, debo llevarlas a ballet, no estoy lavando sus orejas, corto muy poco sus uñas, debería plancharles su ropa mejor, mis desayunos son raquíticos. Es un bombardeo. No hay día en que no me pregunte por qué tuve hijas. No porque me estorben, sino porque me aterra, me aterra, que algo les pase.

De sobra sabemos que vivo en el barrio, considerado uno de los más peligrosos. Así que cada que salgo con ellas al parque o a la tienda me pregunto si debo hacerlo. Pero más que la colonia, me apabulla el mundo. Este globo terráqueo se ha convertido en una trampa para cualquier ser humano. Quiero protegerlas de sí mismas, de sus afectos, de todo. Mi madre me asegura que nadie puede hacer eso. Y entonces me entra el pánico, yo la que se asusta de todo, tengo dos niñas… Cuando tengo que decidir algo, pienso qué diría mi madre, seguramente me ataría las manos para que dejara que mis hijas se cayeran, se rasparan, se equivocaran. Así que combino, un poco de mi paranoia maternal y otra cucharadita de mi madre para dejarlas volar.

El otro día se lo dije y se quejó por lo aprensiva y miedosa que soy con las niñas. Le dije que sabía que ella estaba y que seguramente abogaría por ellas, y lo sabían. Es así. Mis hijas son otras con su abuela, brincan, saltan, se mojan y no me obedecen. Saben que no estoy a cargo, su abuela saldrá con su capa si es necesario para que ellas brinquen en ese charco, tan sólo por divertirse. En Internet vi que las abuelas son las responsables de heredarles los genes a sus nietas y a sus hijas. Esto lo afirma el chileno Alejandro Jodorowsky, además se dice que sólo se produce en la cadena femenina. ¡Fiu! Emití, el saber que tendrán su voluntad para hacer las cosas, su ambición para ser felices y ese don para estar cómodas, que yo no aprendí.

La mia abuela me heredó un pinche genio que no lo tiene ni Obama. Además de que sus valores genéticos me invadieron con una ira, crueldad, sarcasmo que no la tiene ni Trump. Pero mis hijas tendrán esa mano estirada que ayudará a mucha gente. Mi madre siempre la extiende, no importa cuántas veces lo haya hecho ya, siempre apoya. “Hace el bien sin mirar a quién”. Su humor sólo cambia cuando no ha comido, mis hijas igual, son pequeños demonios cuando no han probado alimento, sólo una quesadilla y ya son de nuevo hadas voladoras. Quiero que siempre canten como ella, que saluden a las plantas como ella, que sean hormiguitas trabajadoras como ella.

Ojalá y un día ellas se sientan tan felices de tener una alidada como yo; no me ha abandonado en ninguna circunstancia, ninguna. Me conoce mala, buena, enojona, cruel, torpe, inteligente y cada una de esas cosas sabe como tratarlas. Aún en este momento tener una plática con ella es tan desestresante, le puedo decir que tengo miedo por los nuevos proyectos y me dirá que los haga con más fuerza, “qué puede pasar, ¡qué funcionen!”

Lo dirá mientras maneja y escucha música. Me dirá que se le antojó un taquito y se orillará para que nos alimentemos antes de seguir filosofando. Y sentiré que saldrá el sol al otro día, porque ella lo dice. Todo eso, todo ese mundo, esas manías deben quedar en la tarjeta de memoria de mis hijas. De verdad lo deseo, incluyendo su obstinación por tener la razón, pero qué madre no siente que la tiene. Es bueno s aber que ella existe, feliz, sonriente, emprendedora, soñadora, aventurera. Mi madre conmigo, quién contra mi.

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