¿Pizza o flores?

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Para Adela Villalba

*Mi madre siempre sale de los tiempos raros, de una manera genial

Yaya Hernández

Festivales, ruido, tráfico, calor, lugares apretados, un trío que intenta cantar sobre las voces, mientras uno de sus compañeros pasa de mesa en mesa buscando que alguien regale una canción. Los meseros sienten que están en algún círculo del infierno, donde la gente pide y tarda para decidir, mientras espera atención personalizada en medio de una concurrencia de aproximadamente trescientas personas.

Las madres, esperan, entre sonrientes y preocupadas porque todos sus pollos tengan silla y que todos reciban rápido su platillo, si no estrés máximo. No dejan de enternecer los pequeños detalles de las servilletas o las rosas blancas para todas las dichosas progenitoras. Pero ¿es esto ser madre?, ¿este día es la síntesis de la maternidad?

Este 10 de mayo me tocó con los bolsillos vacíos y sin hijas. Una parte de mí estaba feliz y me sentí culpable. La otra se durmió plácidamente, porque también mi madre fue festejada en la lejanía. Así que con el control en la mano me puse a mirar la televisión, sin más preocupación que tender la cama, para sentirme cómoda.

Ser mamá es estresante y bello a la vez. Nunca es totalmente ideal, pero tampoco es la muerte. Es agotador. Incluso pensar en los hijos suele ser pesado, porque todo el tiempo rondan tu cabeza, sus problemas, sus tareas, sus necesidades, sus sueños, las risas, los desayunos.

En el cerebro de una madre están ocurriendo mil cosas, cada una de ellas es prioridad, desde el disfraz hasta el jarabe para la tos.

Por eso, este 10 de mayo no estuve, sólo observé cómo lo vivieron otras madres, preparándose para su comida y los comensales que por supuesto aparecerían con flores.

De pronto al caer la tarde, me di cuenta que si ser mamá es estresante, ser hija demandante es peor. Aún a mis 42 años, me puedo volver un completo energúmeno con mi madre porque no está para mí. De verdad me entristezco. Con nadie me pasa, más que con ella. Si llego a su casa y no está, de inmediato armo una súper pelea porque no entiendo qué podría ser más importante que estar con su hija cuarentona, ya sé, la respuesta es obvia.

Cuando no puede apoyarme o llegar por mi, pasa lo mismo, lágrimas, lágrimas y ese sentimiento de abandono que me hace llorar y reír a la vez, primero, porque me siento genuinamente desolada y segundo por lo absurdo de mi petición.

Esa reflexión llegó a mi cabeza, porque estaba sentada sin hijas. Pensé en la mía sin mí, cuántas veces creí que dejarla sola había sido un suplicio triste y desesperado, sin saber que ese momento sin nosotros alrededor pidiendo o exigiendo algo era oxígeno puro.

La maternidad está envuelta en un paño de ambrosía derramada de te quieros y amor incondicional y es así, pero también hay momentos donde todo parece colapsar. Recuerdo los consejos que me dio mi hermana, cuando estaba embarazada, decía que cuando estuviera muy cansada y enojada, recordara cuánto las amaba.

Ese consejo es quizá un mantra de todas las mamás que conozco, “cuando vayas a tirar la toalla, recuerda por quién sigues de pie”.

Mi madre todo lo hacía en la madrugada, todo, para poder hacer lo divertido con nosotros: lavar, trabajar y supongo que llorar cuando todo iba mal. Cuando estaba muy triste nos abrazaba y tenía esa frase de “son mi pequeña gran familia”.

Después de un tiempo que murió mi papá, mi mamá no quería ir a su tumba, debió sentirse acorralada por un luto que no quería, entonces nos preguntó: “¿Pizza o flores?” Éramos adolescentes, por supuesto que ¡pizza!

Siempre ha sido su manera de salir de las situaciones imposibles de sobrellevar, con humor, riendo.

En los primeros días de Valentina yo estaba apabullada por ser mamá y la mía me dijo: “Piensa en ella más grande, imagina que la llevas a los lugares que quieres, que te ríes con ella, que platican”. En ese momento me tranquilicé, con el tiempo cada palabra se ha vuelto realidad.

Este 10 de mayo me he dado cuenta que toda mamá tiene costuras detrás de toda la vestimenta de abnegación; pero esas puntadas aunque están llenas de estrés, de momentos de lágrimas, de hartazgo por la rabieta, de la desesperación porque no se dejan peinar, bañar o no quieren comer, también tienen una razón: amor, del más puro, porque va cargado de inmensidad.

Y creo que como hijas o madres debemos presumir de vez en cuando las costuras, porque también son parte del vestido.

Somos gritonas, preocuponas, estresantes, pero sólo es un momento, luego bajamos la luna, conquistamos universos y peleamos como leonas, sólo por los cachorros, así lo ha hecho mi madre por 42 años.

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