Se me perdió una sonrisa en vacaciones

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Yaya Hernández

Cuando nos despedimos de las personas suele ser tormentoso, sobre todo si significaron mucho para nosotros. Yo suelo irme por partes, jamás de un tajo y ese es un gran problema porque arrastro ciertos rencores hacia la persona que definitivamente voy a abandonar, pero no la suelto hasta que considero que no hay más que sentir. ¿Enfermo? Por supuesto. ¡Qué aviente la primera piedra quien no tenga bajo su cama cadáveres de antiguos amores, de bajas pasiones, de locas obsesiones.

Las mías son de catálogo, no es por dárselas a presumir, pero sí podrían poner a cualquiera de nervios.

La historia del Opio la tengo en muchas versiones, pero esta del adiós lleva como unas cuatro ediciones. Obvio, en todas prometo que seremos un recuerdo en el viento. Demasiado aire y nosotros seguimos en pie, ¿cómo qué? Creo que como contactos, como una costumbre de saber que estoy ahí, sin estarlo y viceversa, pero en realidad, sólo está la nada. Por qué sigue el hilo temático… por necedad, simplemente, porque no se me ha dado la gana soltarlo, aunque sólo sea un hilacho lo que nos sostiene, pero no me apetece no estar como un referente en su vida, porque ni siquiera hay presencia en su historia.

Hace poco tuve una plática con mi mejor amiga. Yo iba a reclamarle su falta de tacto, bla, bla, bla, pero resultó muy al contrario, llevó un espejo enorme donde sólo se reflejaron mis defectos, entre los miles, el de no ser pareja, el de ser la más egoísta de todos y entonces me di cuenta que es verdad, me la paso esperando cosas de los demás, pero no sé si doy como debiera o a destiempo.

También hablamos del Opio, por qué no, es tema obligado, pero con cada cosa que me decía sobre él, sólo pude destacar que no tengo ni idea de qué hace de su vida, sé lo que creo que hace, según mi cabeza, pero la realidad dista mucho de lo que imagino.

Estoy en Cuernavaca, casa hermosa, días de familia, días de descanso y mi cerebro me dice manda todo al carajo, cosa que no haré, porque ya lo expliqué en renglones anteriores. A esta casa también le digo adiós y tiene que ser de tajo, viene de casualidad a nuestras manos gracias al Opio y estos momentos son los últimos que pisaré las baldosas rojas, que cruzaré su hermoso patio y que sentiré la brisa de la Jacaranda. Este adiós no lo quisiera hacer, me resisto, pero como lo más hermoso no es mío.

Pero él… ya no tiene porque cargar con mi lastre. Mi nimia amistad resumida a mensajitos sobre si nadó o tiene otra mujer en su cama. Creo que el favor más grande que le puedo hacer es desaparecer por completo de su cómoda, organizada, libre,  cero estresada vida.  Lo cual será como quitarle una pelusa a un mueble.

En mi caso, serán días de “tardes negras, que ni el tiempo, ni espacio, ni nadie nunca entenderá…” de hecho tampoco,  pero el drama le da un toque cómico musical encantador.

No sé que serán, quizá sólo un pequeño dolor en el miocardio porque sé que perdí una sonrisa en medio de la cotidianidad.

Y no era cualquier sonrisa, simplemente era el unicornio azul, que por supuesto no era mío, pero “aunque tuviera dos, yo sólo quiero aquél”.

Las vacaciones no trajeron arena, pero  sí canciones tristes, calor, recuerdos, reclamos, epifanías, regresos, vueltas y más vueltas.

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